{ lunes, enero 24 }
Álgebra en los bolsillos
Tiene los bolsillos llenos de agujeros, la metaforista inquieta. Y la manía impenitente de guardar en ellos miradas, tramos de piel imperfecta y números de teléfono.
Sus bolsillos están llenos de agujeros.
Sus bolsillos están llenos de agujeros.
[][∞]
{ martes, enero 18 }
Para comer yo fruta necesito
que me paguen lo que deben, que por
querer me llueva
o haber antes mirado sábanas contigo
la mañana.
Es imposible de otro modo, no me apetece.
Paso junto a ella y se me pudre,
miserable,
me llora lastimera su ansia vegetal,
me suplica,
se le ulcera la piel a trozos
y aparecen infalibles insectos que la
rondan.
No me acerco a la cocina por no verla,
la escondo incluso desgraciada
y con el tiempo su venganza descompuesta
deja indeleble marca en mis cajones.
Pues antes y solo he pasado la noche
primero hoy,
y paso de largo junto a aquellos
plátanos,
la fuente de mandarinas,
el pomelo suficiente y las uvas
sin hueso
—me horroriza su falta,
y pago sin saber cuánto me cuesta
la ausencia de semillas en mi fruta—
que suspiran:
elijo pan, aceite, tal vez queso.
Insisten mis tías, come fruta,
con las segundas mejores intenciones.
No respondo y no me explico,
miento incluso y les sonrío,
les oculto la verdad de mi actitud
triste
y que hace días que procesos naturales
afectaron para siempre y sin remedio
las fresas africanas que trajeron
de Huelva y su cultivo.
(Aunque es mejor no mencionar
siquiera
la cadena productiva que supone
tanta alegría en mi frutero amigo:
entonces ni si vienes
vería el momento de la eucaristía
que priva a la tierra removida
de pago al sudor que no vertió
el frutero.)
__________________________________________
Para no irritarme de nuevo demasiado
voy a prometer solemnemente que
me enmiendo:
cuando estés aquí ya para quedarte
respiraré el aroma de un limón,
haré de mis mañanas macedonia.
que me paguen lo que deben, que por
querer me llueva
o haber antes mirado sábanas contigo
la mañana.
Es imposible de otro modo, no me apetece.
Paso junto a ella y se me pudre,
miserable,
me llora lastimera su ansia vegetal,
me suplica,
se le ulcera la piel a trozos
y aparecen infalibles insectos que la
rondan.
No me acerco a la cocina por no verla,
la escondo incluso desgraciada
y con el tiempo su venganza descompuesta
deja indeleble marca en mis cajones.
Pues antes y solo he pasado la noche
primero hoy,
y paso de largo junto a aquellos
plátanos,
la fuente de mandarinas,
el pomelo suficiente y las uvas
sin hueso
—me horroriza su falta,
y pago sin saber cuánto me cuesta
la ausencia de semillas en mi fruta—
que suspiran:
elijo pan, aceite, tal vez queso.
Insisten mis tías, come fruta,
con las segundas mejores intenciones.
No respondo y no me explico,
miento incluso y les sonrío,
les oculto la verdad de mi actitud
triste
y que hace días que procesos naturales
afectaron para siempre y sin remedio
las fresas africanas que trajeron
de Huelva y su cultivo.
(Aunque es mejor no mencionar
siquiera
la cadena productiva que supone
tanta alegría en mi frutero amigo:
entonces ni si vienes
vería el momento de la eucaristía
que priva a la tierra removida
de pago al sudor que no vertió
el frutero.)
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Para no irritarme de nuevo demasiado
voy a prometer solemnemente que
me enmiendo:
cuando estés aquí ya para quedarte
respiraré el aroma de un limón,
haré de mis mañanas macedonia.
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