{ miércoles, febrero 25 }

Usted también es 'artista', no se crea.

    Dice Hesse "En toda obra auténtica, sea su técnica la que fuere, lo que se busca al fin y al cabo es la armonía, aunque sólo sea entre lo vivido por el poeta y sus medios para expresarlo. Cuando esa armonía vence y, por encima del mero apunte o esbozo, surge una obra, un poema en el que se observa y se interpreta un trozo de vida, sonreímos e inclinamos la cabeza agradecidos, preguntamos poco más acerca de la técnica y del ropaje temporal y estamos contentos de que haya otra cosa buena más en el mundo".
    Es necesario, pues, saber a) qué es lo que se quiere expresar y b) cómo dotarlo de armonía.

    Lo primero pudiera parecer fácil, pero es una barrera que puede erigirse como folio en blanco, infranqueable, paralizante. Creer firmemente en la necesidad de compartir ciertos artefactos mentales no hace fácil identificar cuáles de ellos son los que merecen emanciparse y vivir su propia existencia fuera de la trabajadora mental, de la brainworker. Los criterios de elección son infinitos e infinitamente cambiantes, y por tanto la elección racional es prácticamente imposible. De ahí que algunas la atribuyan a entes supernaturales —musas o inspiración— y, por tanto, eximan al trabajador de esta parte de su responsabilidad. Admitimos la existencia de elementos no racionales en dicha elección inicial, pero ello no implica en absoluto una intervención externa a la mente productora. En todo caso atribuiríamos el resultado a la combinación del fondo cultural, del grado de auto-exigencia y de las propias estructuras mentales de la trabajadora, entre otros condicionantes. Por supuesto, dejamos de lado muy conscientemente cualquier consideración acerca del "éxito" de esta elección, ya que los criterios para medirlo son tantos y tan cambiantes como los que le dan lugar, multiplicados además por el número de consumidoras que se consideren.
    Una vez elegido el dominio del trabajo mental, la búsqueda de la armonía se convierte en otro escollo tal vez insalvable. De nuevo, las normas generales para llegar al resultado son totalmente inexistentes, aunque en este caso suele atribuirse el éxito a la pericia de la trabajadora. No se negará aquí que un mayor dominio de los materiales implica la posibilidad de un mayor grado de semejanza entre lo que reside en la mente creadora y lo que es liberado en el mundo, es decir, que en el caso de la creación literaria un mayor dominio del lenguaje conlleva mayor precisión en la expresión. Pero no es eso todo. La pericia permite producir objetos más complejos, pero no necesariamente conlleva un acercamiento más fácil a la armonía necesaria. Ante la armonía, una experta trabajadora mental está a priori exactamente a la misma distancia que cualquier persona interesada. Por tanto no existe, creemos, una situación de ventaja entre personas tampoco en este caso.

    ¿Por qué hay entonces quien todavía se arroga el título de 'escritora', o, aún peor, el de 'artista'? ¿Por qué mucha gente se siente totalmente impedida para el trabajo mental creativo, se siente no-'artista'? ¿Cuándo y con qué interés fuimos engañadas?

{ martes, febrero 17 }

                    Tras la parte humana: bajo su sombra_
                    junto al miedo que acoges a escribir poemas
                    olvidas el cepo que no se olvida
                    y la herrumbre ya intuye [su chasquido

{ miércoles, febrero 4 }

La puta musa

    En el patio tengo una mordaza que besa a una musa que mira hacia arriba. Me da pena por la musa, porque la mordaza está realmente sucia. Su olor debe ser desagradable si la hueles de tan cerca. Y tantas horas seguro que es mareante. Sin embargo ella no se queja: creo que es una musa muy conformista.
    También pienso que se lo tiene merecido, por arrogarse esa absurda misión de insuflar el arte por las orejas de los artesanos para inspirarlos. Como si el arte fuera el alma y pudiera pasarse soplando a las personas. Como si existiese o pudiera existir algo parecido a la inspiración, como si ésta fuese una droga alucinógena. Como si no tuviéramos ya bastante animismo en nuestra casa.
    Le he pedido que se vaya y nos deje, le he explicado que es un obstáculo difícil para algunos de nosotros, que nos impide trabajar, que no nos deja crear. Que en esta casa no hace falta, que se vaya a un museo o a casa de alguna romántica trasnochada que piense que la necesita, siempre hay gente así. A casa de una de esas que piensan que el arte es algo divino, algo que les cae en la cabeza como el rocío de la luna.
    Pero ella nada: se pone muy digna y dice que soy "un burdo aprendiz de albañil guarreando con lo más sagrado que tiene el ser humano". Y yo sigo sin pillarle el punto: no veo porqué eso ha de ser malo.