{ viernes, noviembre 21 }

    Me aconsejas que no piense. Que me acalle, me pides. El mundo tiembla como llama de una vela que se acaba, y me pides esto como si me estuvieras pidiendo que no fume. Renunciar a las metáforas es lo único que no puedo hacer ahora, necesito pensar que voy a ser un ciprés transplantado, que deberé cicatrizar los extremos arrasados de mis raíces con el tiempo, que con el tiempo nuevas raíces soportarán mi peso erguido sobre la tierra. O que el palo mayor se ha inclinado bruscamente al llegar al bajío, aunque nuestra brega ha sacado la nave pronto de la arena.
    No sé hacerlo de otra manera.

{ viernes, noviembre 7 }

    Uno de los mejores consejos literarios que he recibido en la vida fue aquel que sugería que era imposible escribir cuando un sentimiento te lleva, cuando es él (o ella, que nada sé del género de los sentimientos) quien maneja la correa a voluntad y dispone dónde, cuándo y cómo quiere manifestarse.
    La implicación más evidente (y la que más me gusta) de ésta afirmación es la negación —discúlpese la paradoja— del escritor arrobado por la inspiración, llevado en volandas por un amor o un desamor cuya prioridad parece ser la de ser plasmado en obra de arte. Las verdaderas obras de arte, como artefactos artesanales que son, nacen de un estado consciente que domina y utiliza los sentimientos más arrolladores, y no directamente de estos sentimientos, como parece que se han empeñado en enseñarnos en la escuela. De tal manera que suelen ser precisamente los sentimientos impostados y fingidos los que mejor ayudan a crear con éxito.

    Por todo lo anterior pido excusas y tiempo, el necesario para que domine (y aprenda a utilizar) la vorágine de sentimientos en que me he visto envuelto estos días. De momento es ella la que me lleva.